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La muerte de las lenguas

David Crystal

Cambridge University Press, Madrid 2001, 222p

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El diez de junio de 1898 –año crepuscular también para España–, cerca de las seis y media de la mañana se certificó la defunción de una lengua con historia de siglos: el dálmata. Antonio Udina fue su último hablante, y con su muerte, según el lingüista italiano Matteo Bartoli (en su libro Das Dalmatische: altromanische Sprachreste von Veglia bis Ragusa und ihre Stellung in der apennino-balkanischen Romania), se extinguió una lengua romance, hermana del español y de mucha menor fortuna, que se habló en la costa dálmata, en la actual Croacia. Probablemente fue la lengua en la que San Jerónimo, por citar a un dálmata célebre, hablaba en la intimidad familiar (aunque para escribir prefiriese el latín de la Vulgata). Probablemente esa lengua tuvo su gran poeta o escritor, su Shakespeare, su Cervantes o su Homero. Pero eso ya nunca lo sabremos... La muerte de una lengua es una tragedia difícil de explicar y evaluar. Más humana que ninguna otra faceta de nuestra cultura, la lengua es depositaria de la memoria, de la historia y de los sentimientos, o como decía Ralph Waldo Emerson: "la lengua es la memoria de la historia".

De darnos una noción certera de todo lo que implica la muerte de las lenguas se ha ocupado el lingüista David Crystal. Autor entre otros de English as a Global Language y de la Cambridge Encyclopedia of Language (traducida al español en Taurus), Crystal dedica ahora sus esfuerzos a trazar un panorama de este problema no tan conocido. El autor selecciona varios ejemplos de extinción de idiomas para señalar la pérdida que supone este fenómeno para la humanidad: como la muerte dálmata, que citábamos más arriba, hay otros idiomas que tienen fecha de defunción (el kasabe y el ubijé, ambas desaparecidas en la década de los noventa). Y no caben aquí distinciones entre lenguas mayores y menores. Toda lengua es un sistema profundamente humano de comprensión del mundo. Toda lengua, como se encarga de señalar Crystal, contribuye a la totalidad del conocimiento humano.

El libro se estructura de una manera muy clara: el índice consiste en una serie de preguntas a las que se trata de dar respuesta en las páginas de La muerte de las lenguas: ¿Qué es la muerte de una lengua? ¿Por qué deberíamos preocuparnos? ¿Por qué mueren las lenguas? ¿Por dónde empezar? ¿Qué puede hacerse? Se empieza por plantear la pregunta de qué es la muerte de una lengua, para teorizar de forma efectiva en un capítulo ameno y plagado de ejemplos y citas interesantes. Comenzando por un análisis de los lenguajes pequeños "en peligro de extinción", y sentando unas sólidas bases teóricas, el autor sugiere hacer "ecología lingüística" y propone medidas y soluciones para atajar el problema y conservar las lenguas moribundas a través de su estudio y promoción. Se calcula que existen en torno a 6.000 lenguas en el mundo, de las cuales un 4% tiene gran vitalidad y expansión, concentrando al 96% de la población mundial.

Tras una discusión teórica sobre lo que implican estas estadísticas (aludiendo también a los debates más clásicos en torno a la importancia de las lenguas y su distinción de los dialectos), el siguiente punto que plantea el autor es si se trata de un fenómeno preocupante y por qué.

Crystal va demoliendo uno a uno los prejuicios que nuestro "eurocentrismo" ha construido en torno a las llamadas "lenguas primitivas" o "inferiores". Desde la antigua discusión del episodio bíblico de la torre de Babel, pasando por las teorías acerca de cuál sería la lengua primera y divina, hasta los episodios más cruentos de exterminación lingüística. Todo entra en un mismo patrón de dejadez y estulticia humana que se empeña en ignorar la riqueza de la diversidad. El nacionalismo desbocado, las "normalizaciones" lingüísticas, las prohibiciones autoritarias de lenguas, etc.: hay lenguajes de laboratorio, creados por interés político (se sabe desde el Romanticismo alemán que sin lengua diferenciada no hay "pueblo" o "nación" que valga). Valga citar el serbocroata, por no hablar de ejemplos más cercanos, y su trayectoria de desmembración. Como caso opuesto, se mencionan las nuevas lenguas, criollas y mestizas, en continua proliferación. Entre ellas estarían los pidgin English, todas las variaciones del inglés en la Commonwealth. Y añadimos, ¿por qué no el Spanglish que tanta discusión ha suscitado últimamente?

Crystal insiste en la compatibilidad del multilingüismo con los valores de tener una lengua común. En ese sentido, recientes polémicas en nuestro país (a propósito de si el español se impuso o no por la fuerza, véanse los artículos de Lodares y Puigverd en El País de 20 de mayo de 2001) han puesto de manifiesto dos posturas enfrentadas: los que proponen una lengua de koiné que acabe por imponerse y los que defienden ante todo el valor de la diversidad que representan las lenguas pequeñas. Hoy en día, la proliferación de organismos supranacionales como la Unión Europea plantea cuestiones como ésta, que habrán de resolver generaciones posteriores. Se trataría, sin duda, de combinar ambos extremos.

Una de las teorías clave del libro, a este propósito, es el análisis del bilingüismo: según afirma Crystal, aproximadamente la mitad de la población mundial es bilingüe. Un dato sorprendente, ¿no creen? El bilingüismo se convierte hoy en día en un requisito para la vida moderna en un mundo globalizado: para Crystal es una situación cultural y socialmente ventajosa. Ya nadie puede vivir sin el inglés, auténtica lingua franca de nuestro siglo. Está en las manos de los hispanohablantes convertir también el español en un idioma de comunicación universal.

El final del libro insiste en las ideas de tolerancia y preservación de nuestro patrimonio lingüístico, una riqueza innegable para la humanidad. Nos quedamos con la reflexión leída en los últimos párrafos del libro sobre la imparable extinción de cientos de lenguas en los últimos años. Mientras escribe el libro, dice el autor, unas seis lenguas habrán desaparecido. Esto da idea de la magnitud del problema, acelerada por las corrientes uniformizadoras, que abogan por los lenguajes universales y las culturas dominantes. Nuestra desidia puede fomentar este auténtico "lingüicidio". Lo primero que debemos hacer es ser conscientes del problema. Y a ello contribuyen obras como ésta o como el reciente libro de Claude Hagège, Halte a la mort des langues (París 2000), traducido al castellano en Paidós como No a la muerte de las lenguas (Barcelona 2002).

En la conclusión de su anterior libro English as a Global Language (Cambridge UP, 1997), David Crystal ya lanzaba una macabra advertencia a propósito de la irresistible ascensión del inglés como lenguaje planetario, que provocó un cierto debate: "Dentro de quinientos años, ¿acaso sucederá que todo el mundo aprenda inglés desde su nacimiento? Si esto es parte de una enriquecedora experiencia multilingüe para nuestros hijos en el futuro, bienvenida sea. Pero si para entonces es el único lenguaje que queda para ser aprendido, habrá sido el mayor desastre intelectual que haya conocido nunca nuestro planeta".

El cinco de noviembre de 1995, casi cien años después de la muerte del último hablante de dálmata, se extinguió otra lengua. El kasabe, cuyo último hablante se llamaba Bogon, murió con él en Camerún. Y cada día aumenta el número de lenguas muertas: al contrario que con el latín y el griego, ya nunca podremos leer a su Horacio ni a su Homero.

D.H.F.*

 

 

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